
Ella veía el mundo a través de sus ojos.
Fumaba un cigarrillo.
Gimoteaba la herida.
Despertaba entre sueños
rescatando improperios y salvajes miserias.
Patinaba entre pisos
de escayola y espanto
impermeable a las horas
del terror presagiado por su ausencia infinita.
El día de los Santos anunció la partida
Perdióse en la ebriedad
de soledades huecas,
de infiernos estertóreos,
a tientas de sus hombros en la jaula vacía.
El páramo es botella, cristal de negra hechura,
especular rebudio
de un jabalí que se ha ido
desvaneciendo el día en felicidades huecas.
Se cierne en la fatiga
el lagrimal reseco.
La pena prematura desemboza y jadea
en un lecho de mosto, en un gesto de sombras
por la aciaga leyenda.
El pecho se detuvo:
La rosa yacía yerma.
El vientre desolado de un amor sin sumario
agoniza en el cielo
de sangrienta mandíbula,
en la eterna escalera.

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